Vivimos en un mundo de lenguaje binario, de colores dos punto cero, donde nuestra tarjeta de presentación no es nada si no esconde un hache te eme ele en alguna esquina. El ciberespacio: tan equívoco con toda esa avalancha de información, que tal vez no necesitamos, pero que se nos vuelve imprescindible. Sentada frente a esta ventana de quince pulgadas, me asomo tecleando todos los días a crónicas de vidas pixeleadas al máximo para esconder todo atisbo de realidad. Somos la generación más conectada en toda la historia, vivimos en medio de una promiscuidad tecnológica imparable…y sin embargo, como diría Cortázar: “Sólo duele verificar, en plena compañía, tanta isla insalvable”.
Tengo un perfil en facebook. Reconozco que la mitad de las aplicaciones no sé cómo usarlas, que me ha dado más de un dolor de cabeza con sus revelaciones no solicitadas, y que estoy segura me descarrilé sin remedio en el momento que decidí hacer mi primera manifestación en su muro. Ya no hay ángulos ni posibles escondites desde que esta Red Social decidió llevar a los límites más rentables la inacabable capacidad personal para el egocentrismo y el voyeurismo virtual. La película nos presenta de manera brillante la historia del desarrollo de este proyecto, alternando entre el proceso creativo y los procesos judiciales que enfrentó su autor: el geek supremo Mark Zuckerberg (interpretado minuciosamente en cada uno de sus tics y excentricidades por Jesse Eisenberg). Un genio de la programación, capaz de descifrar los códigos de computación más complejos, pero que no ata ni desata en las relaciones de carne y hueso: este ser inadaptado es el que, paradójicamente, llega a inventar la plataforma social por excelencia. Como en toda formación de un imperio, las traiciones y puñaladas por la espalda están a la orden del día. Nos adentramos en un mundo de elitistas fraternidades universitarias, de niños bien y su privilegiado círculo, de los eternos outsiders buscando su ticket de entrada, de descarnada competitividad, de demandas multimillonarias, de amistades que se cancelan como cuentas bancarias, de nerds informáticos con su propio séquito de groupies cual estrellas de rock, de horas sin fin de comunicarse a través de líneas de código. Es decir, bienvenidos a otro relato de ambición desmedida: una suerte de Wall Street cibernético. Zuckerberg logra darle a esta sociedad la herramienta más popular para acumular nuevas “amistades”, perdiendo/aplastando en el camino al único amigo que tenía: Eduardo Saverin (Andrew Garfield), el primero que invierte en su idea. Descubrimos el otro lado del espíritu emprendedor, donde las reglas de juego requieren olvidarse de integridad y principios para poder llegar al siguiente nivel: “I’m CEO…bitch”.
El film te mantiene atrapado con las excelentes actuaciones y tiempos en paralelo que se intersectan a la perfección. En un mundo de verdades a medias, no importa cuán fidedigno sea este perfil de facebook y sus orígenes. El último con derecho a armar un berrinche al respecto sería el joven que decidió con su juguete que la privacidad no era ya prerrogativa de nadie. Cómo dijo uno de los personajes: En Internet no se escribe con lápiz, se escribe con tinta. Este es el retrato de una generación que perdió la cabeza al confundir el número de contactos con los amigos que verdaderamente nos dan plena existencia. Isabelle
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"Probablemente pienses que nadie quiere salir contigo porque eres un “geek” de la tecnología, pero déjame decirte, desde lo más profundo de mi corazón, que no es así: nadie quiere salir contigo, simplemente, porque eres un imbécil”. Se podría decir que este es el Alfa y Omega de Facebook, el momento que dio inicio a todas las motivaciones posteriores para crear algo tan grandioso (o maligno) como lo es la red social más grande del mundo. Tsun Tsu nunca pudo haber estado más en lo cierto: “todas las guerras se basan sobre la decepción”. Facebook, al menos como lo plantea la película, nació como una fuerza que buscó reinvindicar la vergüenza, la decepción y el dolor que sintió Zuckerberg al ser rechazado no sólo por su novia Erica, sino también por una clase social casi monárquica que reinaba en el campus de Harvard. Zuckerberg era el “outcast” que quiso rebelarse no sólo para reinvindicar su estatus social, o para mejorar la percepción que la gente tenía sobre él (en especial Erica), sino además para dejar en claro que simplemente él era el mejor.
Quizá la película no guarde mucha relación con la realidad. De hecho, Zuckerberg dijo que lo único exacto de la película fue la forma en la que vistieron a su personaje. Si le creemos o no, depende de cada uno de nosotros; pero lo que no podemos dejar de pasar por alto es la gran habilidad de David Fincher para mostrarnos el mundo paranoico de los “start ups”, el riesgo enorme que corren estos chicos genios que buscan la gloria y la fama (casí al mismo estilo que una estrella de rock) precisamente gracias a aquellas herramientas e intereses que los marginaba: la tecnología. Fincher nos cuenta esta historia a modo de thriller, por un lado, pero también de película de abogados por otro.
Es la historia de un chico genio y marginado por las chicas y por las dinámicas sociales al interior de Harvard, que busca una oportunidad, sin importarle nada o nadie, gracias a su habilidad. En el camino, utiliza la ayuda de su mejor amigo (¿mejor amigo porque acaso es el único?) Eduardo Saverin para financiar su proyecto “The Facebook”. Al parecer una idea medio de él, pero también medio de los mellizos Winklevoss, una especie de machos alfa en el campus de Harvard, que buscaron a Zuckerberg para hacer una red social privada sólo para alumnos. La idea era sencilla, pero poderosa: llevar a Internet toda la experiencia social que se vivía en el campus. Mark lo llevó a cabo pero a nivel global (primero incluyendo a universidades élite de los Estados Unidos e Inglaterra), burlando a los mellizos y a sus socios. Tal fue su éxito que llamó la atención de Sean Parker (Justin Timberlake), el mítico y desadaptado creador de Napster, que hace las veces de Yoko Ono entre la relación que tenía Zuckerberg con su amigo Eduardo Saverin. Al final, Eduardo sale de la empresa cuando ésta estaba en pleno vuelo, gracias a una emboscada llevada a cabo por Parker y los financistas del proyecto. Zuckerberg nunca se opuso a ello. Finalemente, tal como lo cuenta la historia, Mark es demandado por los mellizos Winklevoss y por su mejor amigo.
Es un historia de decepciones, de engaños, pero también de ambición y búsqueda desmedida del éxito. La actuación de Jesse Eisenberg fue genial. No solo transmitió con absoluta credibilidad la imagen de Zuckerberg, sino que además logró plasmar adecuadamente el caracter casi paranoico del creador de Facebook, con algunos transtornos de personalidad, que a todas luces muestra sus emociones solo a través de ironías y actitudes reprimidas. Al final Mark Zuckerberg escaló alto, muy alto, pero el precio que pagó (al menos en la película, que no necesariamente se ajusta a la realidad) es quedarse solo en la cima de la montaña. Como lo pondría Bob Dylan: Loneliness / Got a mind of its own / The more people around / The more you feel alone. José Ignacio

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